miércoles, 22 de marzo de 2017

¿Cómo puedo ayudar a los damnificados de los huaycos?

A estas alturas ya todos somos conscientes de la grave situación por la que está pasando nuestro querido país. Desbordes, huaycos, “diluvios”, cortes de agua, racionamientos y similares son parte de nuestro vocabulario diario y de nuestro día a día. Ante tanta catástrofe y necesidad muchas nos preguntamos ¿Cómo puedo ayudar a quienes perdieron todo por los huaycos? ¿Qué puedo hacer si no estoy en la posibilidad de salir a las zonas de emergencia a ayudar?
Holding hands helping Perú in huaycos

Creo que muchas nos sentimos impotentes de no poder hacer más, de no poder ir en persona a las zonas afectadas por los huaycos a quitar lodo, recuperar vías y viviendas, a ofrecer un abrazo y dar apoyo, a repartir donaciones (asegurándonos de paso que lleguen a quienes más lo necesitan). Ser un poco más Indiana Jones y menos Martha Stewart, por un momento. Muchas nos quedamos en casa cuidando de nuestra propia manada y sentimos que no hacemos suficiente.

Si tú eres de las que siente que no hace suficiente y quiere hacer más aquí te dejo algunos ejemplos de cómo hacerlo recogidos de gente que está en la zona de acción o madres que ayudan como cuando eran "niñas scouts":

1.       NO retransmitas mensajes, ni audios, ni fotos cuyas fuentes no hayas podido verificar. Sí, incluso ese mensaje que mandó una mamá al chat del salón ese en el que dice que su cuñada, prima, - pon un familiar no tan cercano acá - trabaja en Sedapal o similares. Retransmitiendo esos mensajes solo generarás más olas de pánico y caos. Aunque no lo creas, ayudas MUCHO manteniendo y generando calma en estos momentos de angustia generalizada.

2.       Dona. Dona todo lo que puedas y mejor si lo haces siguiendo los pedidos específicos de necesidades.  Actualmente se necesita: artículos de aseo: pasta y cepillos de dientes, gel desinfectante de manos, pañitos húmedos, repelente, bloqueador, velas, fósforos, pilas y linternas, colchones, botas de jebe y comida enlatada lista para comer.

3.       Puedes ofrecer tu casa como centro de acopio. Quizá tienes muchas vecinas, amigas, familiares que quieren donar y no saben a dónde o no tienen tiempo de llevar sus donaciones, puedes ofrecer tu casa como punto de acopio y llevar las donaciones a un centro de tu confianza. Algunas empresas de taxi llevan donaciones de manera gratuita. Centros de acopio 1: clic acá y centros de acopio 2: clic acá

4.       ¿Puedes salir de casa por algunas horas? El centro de acopio de Palacio de Gobierno está en constante necesidad de voluntarios. (En el mismo palacio, en el centro de Lima).

5.       NO critiques, no insultes. Si no te parece bien lo que está haciendo el gobierno, la oposición, el partido político que más odias o tu amiga/o figuretti de Facebook que se toma selfies entregando donaciones con el huayco de fondo, está bien. Estás en tu derecho. Pero, no ataques, pelees, ni te burles (este último va para mí). Cada uno ayuda como sabe hacerlo.

6.       No te quejes por favor. Sí; esto de no tener agua es horrible. Pero, no ganamos nada quejándonos en nuestras redes sociales y fomentando la histeria y el desorden.

7.       Reza, ora, medita y/o manda buenas vibras. No importa cuál sea tu religión o creencia necesitamos rezar por nuestro país, por los damnificados. El poder de la oración es fuerte. Si eres de los bendecidos que no ha sido afectad@, agradece.

Aunque no lo crean haciendo estas 7 cosas ayudamos mucho. No debemos sentirnos mal por no estar en la zona de acción o por no tener nada impresionante que hacer. Son las pequeñas cosas del día a día, las que hacen las mayores diferencias.


#FuerzaPerú #UnaSolaFuerza

martes, 28 de febrero de 2017

La hiperactividad el déficit de atención y yo


Hace tiempo que tenía la idea de escribir sobre mi experiencia personal con el déficit de atención y la hiperactividad pero, no fue hasta que asistí al santo de un amigo de mi hijo de 6 años – dónde las mamás presentes conversaban sobre el pésimo comportamiento de un niño - que tuve un deja vú a mi propia infancia y me animé a hacerlo. Efectivamente, el niño del santo era un poco (bastante) más movido que el resto. Las mamás no entendían lo que había atrás del comportamiento del niño yo sin embargo, lo entendí de inmediato; era un niño hiperactivo. Esa noche me dije a mi misma que había llegado el momento de sincerarme con el mundo y conmigo misma.

Así que acá va, espero que mi experiencia sirva para ayudar tanto a las mamás cuyos hijos pasan por lo mismo que yo pasé, como a las mamás cuyos hijos son amigos de un niño que tiene algún tema que lo hace distinto al resto (¡aunque todos los niños son distintos!).

Cuando cursaba segundo grado de primaria en mi colegio les pidieron a mis papás - como condición para continuar – que un neurólogo y un psiquiatra me evalúen y determinen porqué razón no paraba de moverme y mi nivel académico era tan bajo. Luego de ser evaluada, y con las pocas herramientas que se tenían en aquel entonces los doctores llegaron a las siguientes conclusiones: 1) era hiperactiva. 2) tenía déficit de atención. 3) tenía un alto nivel de inteligencia lo que traía que me moviera más, me aburriera más, e hiciera cosas mucho más “terribles” y “malcriadas” que un niño “normal”. Con ese diagnóstico las monjas les pidieron a mis papás que me cambien a un colegio más acorde con mis necesidades. Ellas no iban a cambiar su sistema. Así que, mis papás me cambiaron a un colegio nuevo, personalizado, pequeño, sólo de mujeres y católico en donde iban a tener la paciencia para “aguantar” mis cosas (no sé si fue lo mejor, pero es lo que había en esa época).

El colegio para mí fue una experiencia muy difícil. Lo fue porque yo era distinta y muchas profesoras, algunas compañeras y sus madres no lo entendían y me lo hacían notar. Yo no era una niña de 8 años, yo era una malcriada, terrible, la peor de la clase y ellas tenían que aguantarme. Mi infancia pasó así, siendo “aguantada”. Por un lado, esto fue muy difícil, pero por otro me hizo adquirir carácter, un carácter fuerte, que me enseñó a enfrentarme a todo y a todos. Me creí el papel de terrible y aprendí sobrevivir como tal…

Nunca olvidaré como en quinto grado una niña hizo una fiesta inmensa e invitó a todo el salón menos a mí. Yo era la terrible y la mamá de la niña pensaba (quizás con razón) que podía quemar su casa… Hay cosas que se te graban y te enseñan a ser fuerte.

Al pasar los años mi comportamiento fue de mal en peor, no podía tener un cuaderno con letra al nivel que debía estar, no sé cómo aprendí a leer, no sabía restar, apenas sumar ¿química? Las profesoras ya no jalaban y se rendían ante mis ganas de no querer estar ahí. No voy a ser mezquina, tuve profesoras maravillosas que me tenían paciencia y entendían mi condición, pero también había otras, así como chicas de mi clase que pensaban que yo era una fresca y tenía “privilegios” porque al final no me expulsaban. Ese grupo de personas me declaró la guerra, inclusive hasta hoy me encuentro con comentarios desafortunados de alguna de ellas… y bueno, así pasaba mi día a día, llenándome de odios, rabias, y sin entender por qué yo no era igual a las que me lo decían todo el día.

Hasta que un día se abrió un curso de golf para niños y niñas, y mi mamá me matriculó. Obviamente, no pude estar quieta más de 5 minutos y la clase fue un desastre; al terminar el profesor vio a mi mamá y le dijo: señora esta niña no debería jugar golf, ella debería hacer algo más activo (yo tenía 11 años y estaba ahí escuchando mientras se lo decía). Otra vez, yo no era para algo y el mundo se encargaba de hacérmelo saber. Pero en esa oportunidad, decidí - a mi corta edad - que nadie más me iba a decir lo que yo podía o no podía hacer. Así que le dije a mi mamá (maravillosa mamá) que quería seguir con el golf, y ella, sin dudarlo, aceptó. 

Conociéndome, mi mamá me propuso: “si tú haces una hora de golf, yo te pago 10 soles. Por cada hora te pago 10 soles”. Así empezó mi travesía por la “cura” de mis males. Al día siguiente, empecé a jugar golf a las 9 de la mañana, y golpeé bolas sin tener idea de del deporte, por más de 5 horas, sin parar ni siquiera para ir al baño o tomar agua. Era tal el show que llamó la atención de un profesor muy mayor que estaba cerca. Al ver mis manos luego de las 5 horas de juego, todas rojas y llenas de heridas, me dijo que quería enseñarme a jugar, y que él me iba hacer campeona. Él por su edad no tenía muchos alumnos y a mí me sonó cool que por primera vez, alguien más que mi mamá, me dijera que yo podía ser algo.  Éramos un buen equipo.

Para hacerla corta, empecé con el golf, y nunca lo dejé, mi profesor viejito cumplió su promesa, con mucha paciencia, me enseño a jugar y a jugar bien, todas esas horas de práctica, los 7 días de la semana, dieron sus frutos. Fui subcampeona nacional dos veces consecutivas a los 16 y 17 años, y viaje al junior world championship dos veces a competir contra el mundo, y a Brasil  al sudamericano juvenil de golf.

El golf fue mi terapia, mi paz y mi herramienta para manejar mi condición, me enseñó a manejar la hiperactividad como un combustible para lograr mis metas. Me enseñó a ser consecuente, disciplinada, a concentrarme. Entendí, que el ser distinto era una ventaja si podía manejar mi mente. Aprendí a usar el tiempo como herramienta a mi favor, y cuando llegó el momento de entrar a una universidad y tenía que estudiar en 5 meses todo lo que no había estudiado en mi vida, mi deporte una vez más, me ayudó. Aprendí a estudiar a los 17 años. El deporte me dio la madurez que necesitaba para nivelar mi comportamiento.

Y así termina mi historia, y si me preguntan cómo me fue, creo que bien a pesar de todo. Nada es perfecto, pero lo hago lo mejor que puedo. Me gradué de derecho “summa cum laude” en una buena universidad. Me casé, tengo dos hijos a los que amo y mientras los veo crecer intento ser lo más normal posible, sigo jugando golf, pero ya no competitivamente sino como “terapia de relajamiento”. Aunque hace unos días una amiga me preguntó cómo podía correr 10 km y jugar 18 hoyos de golf después…a lo que respondí….es que yo soy un xmen, jajajajajaja

Ojalá les sirva mi relato. A aquellas mamás que les ha tocado un niño difícil les digo, no se rindan nunca, como mi maravillosa mamá que nunca perdió por un minuto la fe en mí (de ella tengo tanto que aprender). Busquen siempre una alternativa. Si su hijo es hiperactivo averigüen que deporte les puede gustar; si su hijo se distrae jueguen legos con él, etc… La mejor terapia es el amor y siempre es más importante que un psicólogo. El niño es lo que sus padres hacen de él.

Y si no es tu caso, pero conoces a un niño difícil, piensa en lo difícil que ya es el mundo para él. Sólo es un niño. Hablen con sus hijos sobre la diferencia entre las personas, y la necesidad de respetar dichas diferencias. La vida da vueltas y uno nunca sabe cómo va a terminar la historia. A juzgar menos y comprender más.

Un beso grande a todas, 


Alexandra 

NeuroMamás Invitadas

Alexandra Grieve

Es madre de 2 pequeños, un niño de 6 y una niña de 3 años. Es abogada y ahora trabaja a tiempo parcial desde casa. Está casada y vive en Lima, Perú dónde pasó toda su infancia y adolescencia.

“Gracias a Milagros, a quien le conté primero mi historia, y me alentó a escribirla, y no solo eso, sino que, además, me prestó su blog, que es tan honesto, y funge de guía y ayuda a las mamás en un mundo en donde hoy todo es un tema, todo es un problema, y todo necesita ayuda profesional (o sea, terapia). ¡¡No venimos con manual!!

Espero que mi experiencia sirva para ayudar tanto a las mamás cuyos hijos pasan por lo mismo que yo pasé, como para aquellas cercanas a un niño con alguna característica que lo hace “diferente” (¡aunque todos somos diferentes!)”

lunes, 20 de febrero de 2017

En San Valentín ¿A dónde se fue el amor?


Este San Valentín no recibí flores, ni chocolates, ni regalos. Menos aún, una joya (snif) ni nada por el estilo. Tampoco salí a comer, tomar, bailar ni al cine. Valgan verdades, hace años que no hago ninguna de las anteriores no sólo porque me llega tener que celebrar obligada por un tipo de mandato comercial, sino también porque el tráfico es más infernal que de costumbre y todo revienta de gente.

Lo interesante acá, es que ni cuenta me di que había sido, o era más bien dicho, San Valentín. Para mí era una día común y corriente de correteos. Caí en cuenta recién a la hora de la cena cuando una amiga me cuenta que estaba saliendo a comer con su marido a un sitio súper lindo y que no sabía que ponerse.

Pareja besándose en san Valentín con globos rojos

No quiero decir que estaba triste, porque en verdad no lo estaba. Pero de hecho estaba chocada, pues si bien mi marido y yo no somos los grandes celebradores de esta fecha siempre recibo mis reglamentarias flores y así me acuerdo que es San Valentín. Bueno pues, pensé, ya son 10 años juntos, ¿no? Tenía que llegar el día que se olvide de una celebración. Mejor que sea San Valentín, que un aniversario o algo así.

Debo reconocer que las manifestaciones de amor entre mi esposo y yo han cambiado mucho. Ya no son los besos intensos y eternos de cuando éramos enamorados, ni los regalos costosos y extravagantes de cuando éramos novios. Tampoco son escapadas románticas a sitios exóticos (con 3 hijos chiquitos, difícil). Nuestras manifestaciones de amor se han vuelto más infrecuentes. (leer con chiquitos no hay chiquitingo)

Así que me puse a pensar y a recordar. ¿Qué estaba pasando entre nosotros? El día de San Valentín mi esposo puso su despertador tempranito. Lo puso así, para poder llevarme a la clínica, que queda al otro lado de Lima, a que me tomen rayos x. La noche anterior fungió de mi chofer llevándome y trayéndome por todos lados (pues el dolor de codo no me deja manejar bien) y me acompañó al médico. Se sopló conmigo toda la espera al doc. en el hospital, a pesar que él odia los hospitales y doctores. Luego de la cita con el médico nos fuimos a comer a un sitio rico para que yo no esté tan triste por mi codo roto que me impide hacer deporte. Paramos en 3 restaurantes antes de elegir uno pues, como no teníamos reserva nos daban sitios sumamente incomodos. Sí, ya sé que engreída. Pero, me dolía mucho el codo y quería estar cómoda y comer rico. Y él supo reconocer eso sin criticarme.

Recuerdo también que mi esposo se pasa sábados enteros acompañándome en mis campeonatos de natación y días de días, escuchándome sobre mis entrenamientos, escrituras y reflexiones de todas las cosas que necesito hacer. Comparte orgulloso cada uno de mis logros. Los aprecia más que yo. Y aunque no siempre estemos de acuerdo en todo, siempre apoya y respeta todas mis decisiones. Me deja ser al 100%. Con él, yo soy más yo que nunca en mi vida.  

Y sí pues, este San Valentín no recibí flores, ni tarjetas, ni regalos. Pero, no los necesito. Tengo el regalo de contar con un compañero que me ama y comprende como nadie. Un compañero que hace que mis cosas ordinarias se vuelvan extraordinarias. Alguien con quien celebrar el amor en el día a día y darme cuenta que el amor está aquí, presente en los pequeños detalles.

Y bueno, antes que me olvide. El 15 de febrero a las 7:00 a.m. llegaron flores, globos y chocolates con una gran tarjeta de disculpa.
Eran de la florería, se habían confundido. Con tantos pedidos su servicio colapsó y no pudieron llegar a algunas casas. Esperaban que la hayamos pasado bonito y nos pedían mil disculpas.

Sí, la pasamos lindo gracias. Este año recibí el mejor regalo de todos: amor de verdad.