viernes, 20 de julio de 2012

La fiesta de mi hijo

“Es solo una fiesta para niños, no puede ser tan complicado. No me digas que no hay en Lima – una ciudad con más de 8 millones de habitantes - otros proveedores que no sean esos tres que no están libres”.  Me decía mi esposo, hace unas semanas atrás, cuando al borde de la desesperación le conté que ni la “party planner”, ni el show, ni la “caterer” que yo quería estaban libres para el cumpleaños de nuestro hijo mayor.

La verdad, que yo tampoco entiendo, sobre todo porque los llamé, con  lo que yo creí que era un exceso de anticipación: 3 meses antes. Además, pensé que dado el excesivo costo de sus servicios, me iba a ser fácil separarlos. Y sobre todo, lo que menos entiendo, es porqué son los únicos con los que puedo trabajar. La presión social de mi círculo de pares, hace que sea imposible hacer una fiesta que no cumpla con los estándares mínimos suministrados por estos proveedores. ¡Estoy frita!
Y es que es difícil comprender, sobre todo para aquellos fuera del círculo de neuro_mamás, el  por qué tener que trabajar con los mismos proveedores, el por qué tener que impresionar a nuestros invitados con la cantidad de muñecos en el show, la calidad de la comida y la calidad y cantidad de las sorpresas para los niños. Es cierto, que siempre queremos lo mejor para nuestros hijos. Pero,  ¿es esto, realmente lo mejor? Lo que quizá jamás nadie comprenda, es que secretamente, muy secretamente, las mamás competimos por quién hace la fiesta más linda: con la mejor decoración, el mejor show, lo mejor de todo y, no olvidar: ¡quién se ve más regia ese día!

Y, a pesar, que conscientemente no quiera competir, y me parezca una tontería superlativa. Lo cierto es, que ya estoy en la competencia. Solo por haber elegido ese nido para mi hijo, por postularlo a ese colegio, por frecuentar ese círculo. Y no lo voy a negar: me gusta competir y quiero ganar. No solo porque quiero darle lo mejor a mi hijo en su cumpleaños, sino también porque eso es a lo que él ya está acostumbrado. En sus cortos tres años de vida, esos son los estándares que él conoce.
Desafortunadamente, con el tiempo corriendo en mi contra, no puedo detenerme a filosofar sobre la vanidad que me rodea.  Así, que he tenido que hacer uso de mis mejores armas: mis contactos entre las “mamás high”, y,  llamar a estos proveedores - no como cualquier hija de vecina - sino como “socia”. Y, conseguir que tengan algunas cancelaciones (de otras mamás no tan bien conectadas). Y, ya tengo a la mejor party planner organizando el cumple de mi hijo, a uno de los mejores shows en escena, y por supuesto, la comida va a estar espectacular, con la “caterer” especializada.

Ya puedo relajarme y descansar. Aunque claro, lo que nunca me va a dejar descansar es, esa parte de mí que constantemente me repite: ¿de verdad es todo esto necesario? ¿Qué pasó con lo más importante: qué tus hijos la pasen bien y estén felices? ¡Es solo una fiesta infantil! ¡Con canchita, gelatina y un mago, debería ser suficiente!

 Y es que quizá, en donde estoy y como soy, nunca sea suficiente.