miércoles, 27 de noviembre de 2013

De cumpleaños feliz a casi, casi tragedia

Crónica de cómo un cumpleaños muy feliz casi se convierte en una terrible tragedia. Hace un par de semanas estaba conversando con otras mamás sobre la responsabilidad que una asume al invitar niños ajenos a jugar a la casa: los peligros tontos que hay, las tragedias que ocurren y como una nunca puede dejar de tomar todas las precauciones posibles. Recordé así, un episodio que presencié unos meses atrás, y del cual no escribí antes por… la verdad no sé bien porqué. Pero, pensándolo bien, es importante compartirlo porque puede pasar en cualquier momento.

El dueño del santo cumplía dos años, e hizo una fiestita con los amiguitos del salón y otros niños más. En principio, yo no iba a ir porque me tenía que quedar dando de lactar, pero por suerte, ese día la bebe lactó rapidísimo y se quedó dormida, así que aproveche que era temprano y me fui a la fiesta a estar con mis hijitos “grandes”.  

Cuando llegué, la fiesta estaba en su apogeo: gritos y el show a todo volumen. Como siempre, mis hijos se engrieron conmigo y se quedaron pegados a mis piernas por el resto de la tarde. Así, nos pusimos a ver el show en un costado, parados y apoyados sobre el inflable. El inflable, era uno pequeño, cuadrado, conocido como piscina de pelotas. Era, exactamente al de abajo.

juego inflable en el que casi se produce la tragedia


En esas estaba, disfrutando el show con mis hijitos a mi costado, cuando escucho al lado mío a una nana pidiendo a un niño que pare, que salga de ahí, que no haga eso. Volteo divertida a ver qué pasaba y vi, una escena rara: un niño de aproximadamente 3 años echado sobre puras pelotas tirandose sobre ellas con furia y toda su fuerza, “qué raro pensé”. Cuando en eso, el niño se mueve y me doy cuenta que debajo de las pelotas ¡había otro niño!! Entré en pánico: si ese niño no salía de encima iba a asfixiar al más pequeño que estaba debajo. Algo me poseyó y me puse a gritar como una loca: “¡saquen a ese niño de acá, saquen a ese niño de acá!” seguido por: “¿quién cuida a este niño? ¡Qué lo saque!”. Mis gritos fueron tales que todas las mamás que estaban sentadas alrededor del inflable se pararon, el show semi-paró y el encargado de cuidar el inflable se dio cuenta y rescató al niño de su agresor.  

Salió morado, respirando raro. Me volvió el alma al cuerpo cuando vi que estaba bien. Era un niñito del salón de mi hija, tenía menos de dos años!! Quedé muy nerviosa, me temblaban las manos y quería llorar: ¿qué hubiera pasado si no me daba cuenta que el compañerito de mi hija estaba debajo de las pelotas? ¿Hubiera sido una tragedia? ¿Quién es responsable?  ¿Las nanas?, ¿las mamás de los niños, que dicho sea de paso, no estaban en la fiesta? ¿La dueña de casa?
No lo sé, y ese día con mis amigas no logramos identificar quien podría serlo. Y muy al margen de las responsabilidades ¿se imaginan ir a una fiesta dónde hay un accidente fatal?

Pasé el resto de la fiesta recontra nerviosa y con ganas de llorar, me temblaba el cuerpo y me dolía la garganta. Mis hijos (que habían estado a mi costado durante toda la escena) no paraban de hacer preguntas y por supuesto, se me pegaron más. Luego, de todo me quedé pensando también: ¿debería contarle esto a la mamá del niñito agredido? Sabía que las otras mamás del nido que estaban ahí y eran más amigas de ella le contarían, pero la que vio todo tal cómo pasó fui yo. ¿Me gustaría que me lo cuenten a mí? Sí, claro. Pero, ¿quería ella qué se lo cuente? ¿Reaccionaría mal?

No la llamé. Opté por mandarle un email y dejarle mis números para que me llame si quería que le cuente lo ocurrido. Obviamente, no se lo iba a contar por correo. No me llamó y nunca me respondió el email. Supongo, que se siente tranquila con lo que sabe que pasó, y qué no es como yo: una neuro_mamá que quiere saber TODO lo que les pasó a sus hijos detalle a detalle. Como sea, desde ese día he aprendido que ninguna precaución es poca, y que es siempre bueno estar súper atentas a todo.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Criando a un niño con espíritu

La primera vez que oí el término niño con espíritu fue cuando buscaba en internet libros de crianza que me ayuden con mi hijo mayor: un niño con espíritu (que no es lo mismo que tener un carácter fuerte). No es que él tenga un problema particular, ni mucho menos; si no es que simplemente en sus 4 años de vida nos ha exigido mucho más, que lo cualquier niño promedio exige en toda su infancia: es intenso, persistente, sensible, perceptivo y odia el cambio. Características que según, Mary Sheedy Kurcinka autora de “Raising your Spirited Child”, tienen todos los “spirited child” o “niños con espíritu” (no sé si está sea la traducción oficial al español). Mi hijo tiene todas estas características y más, y ahora sé que es un niño con espíritu. Un niño, imaginativo, cuestionador y muy exigente; un niño que en un solo día te puede llevar a tocar el cielo ida y vuelta y sin parar, y esa misma tarde sacarte de quicio como ningún otro ser humano lo había hecho en tu vida...

De repente algunas mamás que me leen se identifican, otras quizá no tanto. Otras dirán “mi hijo tiene un carácter…”. Pero, ser un niño con “espíritu” como explica la creadora del término  va más allá de tener un carácter fuerte. Es tener un extra que los hace destacar desde que están en la panza, una intensidad para vivir la vida, un apasionamiento desbordante que los hace únicos y por qué no decirlo, agotadores también. Como dice la autora, si todos los niños fueran pelotas rebotadoras un niño o niña con espíritu sería la pelota que en cada rebote llega al techo.

Niño con espíritu sacando la lengua feliz

Pero vivir con esta intensidad, con este espíritu no es fácil. No es fácil porque vivir la vida con tanta pasión abruma. Las emociones son intensas: la felicidad es máxima (hasta el llanto), lo mismo que la tristeza. Pero, lo más difícil para estos niños (y sus padres) es lo poco comprendidos y valorados que son por el sistema educativo nacional. En el sistema educativo se privilegia a los niños “tranquilos”, sumisos y poco cuestionadores, aquellos que obedecen sin chistar y destacan por su prudencia.  

Los niños con espíritu y más aún si son extrovertidos - como mi hijo - van muertos. Ellos siempre van a tener una opinión para todo y la energía para llevar a cabo sus ideas hasta el final, su ímpetu es tal que les es difícil contenerse y su risa o su llanto suelen alborotar a todo el salón. No todos los docentes comprenden estas personalidades, y fue precisamente eso lo que nos pasó el año pasado. Mi hijo tenía 2 años y 10 meses, y fui citada en varias ocasiones porque a la Miss le era imposible dar una orden sin tener a mi hijo preguntando ¿por qué? O ¿para qué?, porque él sólo se concentraba en lo que le interesaba y/o porque era demasiado movido.

Tanto la psicológa del nido, como la Miss y hasta la terapeuta de lenguaje me sugirieron terapia física porque se desparramaba en su asiento y no se sentaba lo suficientemente derecho en su opinión, además no se le daba la gana de sentarse en la alfombra (testarudo). También me sugirieron, un análisis neurológico porque “siempre se está moviendo” y natación para “contrarrestar su exceso de energía”. De igual manera me sugirieron, terapia emocional y de lenguaje porque mi hijo tenía demasiado vocabulario, hablaba demasiado y lo hacía demasiado rápido (conozco varias señoras así) y por último, me sugirieron que busque otros colegios a los que postularlo porque los que yo quería eran demasiado pedidos, y fácil él no la hacía.

En un momento, entré en crisis y lloré por varios días seguidos. Llamé a terapeutas infantiles y le hice mil evaluaciones a mi hijo. ¿Por qué era tan difícil? ¿Qué le costaba quedarse sentado como los demás niños? ¿Por qué tiene que cuestionar todo? ¿Por qué habla sin parar? ¿De dónde saca tanta energía? ¿Por qué es tan movido? Afortunadamente, tuve un excelente soporte emocional y esto me permitió ver el lado positivo en esas características que eran descritas tan peyorativamente. Esas características hacian a mi hijo único. Así, que después de tortúrame mentalmente por un tiempo decidí no caer en el juego del exceso de terapias, y dejar que mi hijo pase un Verano Divertido (ver post acá). En el ínterin descubrí este maravilloso libro que me hizo entender muchas cosas y me ayudó a ver con otros ojos la vitalidad de mi hijo. Que debo decir, a veces, hasta a mí me abruma.

Ahora, hemos tenido suerte. Le ha tocado una Miss que realmente saca provecho de su entusiasmo y su energía desbordante, así como de su tenacidad; no se deja abrumar por sus cuestionamientos y goza con sus opiniones y sugerencias. Y yo, he aprendido a darle la vuelta a los comentarios negativos: “muy movido”, contesto: es entusiasta. “Demasiada energía”, contesto: es apasionado, es “muy terco”: sabe lo que quiere o, cuando alguien lo critica por su forma de ser tan bulliciosa, le respondo: es que él es un niño con espíritu y… no lo cambio por nada.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Aumento de talla de zapatos luego del post parto

foto de un centímetro

Lamentablemente esta frase no fue dicha por mi hijo de 4 años, ni se refiere a mi hija de 2, ni tiene nada que ver con mi bebé de casi 6 meses, ni con ningún niño que conozca y del cual alguna vez he blogueado. Esta frase tiene que ver única y exclusivamente conmigo, sí, conmigo. Desde mi primer embarazo a la fecha he empezado a crecer, y no solo a lo ancho, que finalmente es algo que sí me esperaba (¡aunque no tanto!) sino también a lo largo y sobre todo en los pies. Me están creciendo los pies.

Ya no solo la ropa no me queda sino tampoco me quedan mis zapatos, ni mis guantes, ni mi gorro de natación. Sé que suena rarísimo, pero es cierto. Con lo primero que me di cuenta fue con los zapatos: como premio a mí misma luego del parto decidí regalarme zapatos, así que fui a comprarlos y me sorprendí al notar que ninguno de los modelo me quedaba en la que era mi talla: 37. Atribuí el cambio de talla a la marca, a la horma (horma grande le dicen) etc. un poco preocupada llegué a mi casa y decidí ponerme un par de zapatos de esos que no suelo usar muy seguido porque son muy elegantes, y bueno me quedaban re-apretados.

En un principio pensé que se debía a la retención de líquidos, a mi nuevo trajín diario e incluso a mi sobrepeso. Pero, ahora a 6 meses de haber dado a luz, con sólo 3.5 kgs que perder sé que no tiene nada que ver con eso. Lo más curioso, es que mis guantes (los saqué para mi viaje) tampoco me quedan. Pensé que se habían encogido por la lavadora, o que quizá también la retención de líquidos me había hecho crecer las manos pero, no. La secadora no fue (porque mis guantes de cuero tampoco me quedan) y ya sé que no estoy reteniendo líquidos. Finalmente, para acelerar mi pérdida de peso decidí volver a nadar y cuál sería mi sorpresa al notar que el gorro que no usaba porque me quedaba muy flojo ahora me aprieta, sí tal como lo leen: me aprieta.


Puesto que mi ropa no se ha encogido y mis zapatos tampoco la única conclusión a la que he llegado es que ¡estoy creciendo! Mis manos, mi cabeza y sobre todo mis pies. Ahora, sólo falta que crezca un par de centímetros de largo cosa que ya no tengo que bajar más de peso porque con los centímetros extra se compensa, ¿no? Si me han crecido los pies, ¿por qué no voy a crecer de altura? Cruzaré los dedos y mientras tanto, a comprar nuevos zapatos.

jueves, 7 de noviembre de 2013

De vuelta a casa

Finalmente, luego de estar exactamente 10 días fuera de Lima volví a casa. Como ya había dicho en mi post anterior (Mi viaje romántico) me moría de angustia de dejar a mis hijitos. Pero, finalmente aproveché que los estaba dejando en muy buenas manos y disfruté a mil. Me relajé, me olvidé de la dieta, paseé duro y sobre todo: ¡dormí! Dormí como no dormía hace más de cuatro años (la edad de mi hijo mayor). Dormí tanto, que me da vergüenza decirlo. Incluso, hubo un par de días que después de desayunar, regresaba a seguir durmiendo…

Lo bueno de este viaje es que aprendí a disfrutar sin mis hijos, sin sentirme culpable o mala madre o angustiada porque algo les pase. Mis hijos sobrevivieron y yo también. Sobreviví sobre todo a ese sentimiento de culpa que siempre me agarra cuando los tengo que dejar por muchas horas para hacer cosas mías (cosas tipo peluquería, gimnasio, encuentros con amigas, etc.). Este viaje me permitió reencontrarme con actividades que me encantan y que normalmente en Lima no puedo, como leer hooooras, comer con calma y ¿ya dije dormir?

Ahora que he vuelto a hacer cosas que me gustan y que me recuerdan quién soy yo (además de ser mamá de 3 lindos) me siento más satisfecha conmigo y con mi vida. Me ha sido muy valioso reencontrarme conmigo misma y con lo que me gusta (entre eso mi esposo: descubrir que me encanta luego de 8 años de relación ¡no tiene precio!). He regresado y estoy yendo a nadar y al gimnasio. Me he comprado un par de libros y los estoy leyendo (no a la 1:00 a.m. cuando todos duermen, sino a una hora decente) y estoy planeando más cosas para mí. Lo bueno de todo esto, es que me siento más contenta, más descansada y más feliz, y esto se refleja también en mi relación con mis hijos. Me siento tan contenta que mi hijo mayor me preguntó ayer: “mami ¿por qué tu carita está feliz siempre?”

Definitivamente aunque en un inicio estaba a punto de no subirme al avión con tal de pasar más tiempo con mis hijos, me alegro mucho de haber viajado, de haberme reconectado y de haber disfrutado a mi esposo a mil en estos 10 días. Y como dice la gente: ¡Qué se repita!


woman with a big hat in a swimming pool