viernes, 28 de marzo de 2014

Amor de hermanos

De un tiempo a esta parte estoy siendo testigo de cómo evoluciona la relación de mis hijos mayores (él, 4.5 y ella, 2.5 años) y me siento muy feliz. Veo como se cuidan, protegen y sobre todo juegan a diario. Obviamente, esto no significa que no se agarren a trompadas de cuando en cuando, o que hayan dejado de competir por llamar mi atención y la de su papá, pero sí significa que están creando un vínculo de amor y amistad que, espero, los acompañe por el resto de su vida.

En mi experiencia, (ojo yo sé que a no todas las familias les funciona así) el mejor regalo que los padres pueden hacerle a sus hijos es darles un hermano/a y mejor aún, cuando la diferencia de edad es tal que les permite crecer juntos y compartir aventuras. En mi caso yo crecí con 3 hermanas más, en total somos 4. Y si bien no todo era (debería decir es, porque todavía peleamos) color de rosa, mis recuerdos de la infancia son de los mejores, y ahora en mi vida adulta tengo no una, sino 3 mejores amigas con las que puedo contar en las buenas y malas. Es más, según mi marido, el motivo principal por el que tengo poco contacto con mis amigas es porque paro todo el día con mis hermanas. Así, que como verán estoy sesgada,  pues para mí los hermanos son el mejor regalo del mundo.

Y creo que es posiblemente por mi sesgo, que estoy tan contenta de ver a mis pequeños crecer juntos. No falta el día que llego a buscarlos a los juegos y encuentro a mi chino batiéndose en duelo con unas niñas que molestan a su hermanita, o como pasó hace un par de semanas que mi Nina empujó con toda su fuerza a un niño que no quería dejar subir a su hermano al saltarín. Y, bueno, lo que sucede a menudo acá en la casa, cada vez que gritó muy fuerte a alguno el otro lo defiende a capa y espada, lo cual como comprenderán me hace muy difícil la tarea educadora.


También veo, como cada vez se integra más la bebé de la familia. Ahora, a sus 10 meses comparte más con sus hermanos y muere por ellos, los persigue gateando por toda la casa, todo el día quiere estar colgada de ellos, en fin. Pero, lo más bonito es que ambos corresponden su amor (aunque Nina con muchos celos aún).  Así, pues me siento feliz y muy dichosa y con ganas de gritar ¡que vivan los hermanos!

jueves, 27 de marzo de 2014

¡Ya es un grande, ahora va al colegio!*

Hoy mi hijo, al igual que el 90% de los niños de Lima, empezó el colegio y con eso empezó también una nueva etapa en nuestras vidas.  Dejó de ser un pre-escolar  (aunque en otros países todavía lo sería, pero ese es otro tema) y pasó a ser un escolar: un niño que tiene tareas y hace actividades, un niño con responsabilidades y obligaciones, un niño cada día menos niño y cada día más adulto. Y con esto, yo pasé a ser la mamá de un escolar. La mamá de un niño grande.

Todavía no puedo creer lo rápido que llegó este día, me parece ayer cuando lo dejé por primera vez en el nido y me quedé aguantando las lágrimas atrás de la puerta mientras él entraba al salón de la mano de la auxiliar. Recuerdo las miradas de odio de la miss cuando - ansiosa - asomaba mi cabeza por la ventanita del salón cada 5 minutos para ver cómo estaba y recuerdo también, que el proceso de adaptación fue largo y doloroso y que cuando lo recogía le daba un abrazo grande y un beso inmenso.

Pero hoy no fue así. Hoy dejé a un niño seguro, alegre, conversador y con todas las ganas de explorar su nuevo colegio. Un niño que se pasó todo el camino de ida preguntándome porqué era tan largo el camino y cuánto faltaba para llegar, porqué él ya quería llegar y conocer a su profesor y ver el jardín y los juegos. Y yo, entre el tráfico y los nervios por nuestro (¡sí, NUESTRO: de los dos!) primer día de clases en el colegio grande estaba al borde de la histeria, con el desayuno en la garganta y un nudo en el estómago. Sin mencionar que me sudaban las manos y temía por mis axilas.  

La noche anterior no había dormido nada, entre la ansiedad y la emoción además que con mi marido de viaje y por ende, sin nadie con quien compartir mis emociones, me acosté tardísimo y me levanté con el primer rayo de sol (5:15 a.m). No dormí bien, porque encima de lo ya mencionado, dormí con un niño pegado a mí espalda. Mi hijito, no quiso dormir en su cama por nada (y su hermanita tampoco) así que los dos durmieron en la mía. Él se movió toda la noche, y se hizo la pila (lo que sucede siempre que está muy nervioso).  Esta mañana, lo dejé tranquilo en las manos de su nuevo profesor (sí, profesor. A mí también me sorprendió que un hombre enseñe pre-kinder, pero prejuicios aparte, debe tener una vocación muy fuerte y ser muy valiente para enfrentarse a los estereotipos de su profesión, y con eso ya me conquistó). Después de dejarlo en clase, como buena neuro_mamá, empecé a averiguar todo lo que podía: conversé con amigas que me encontré, con amigas que hice en ese momento, con el portero, el vigilante y hasta con el heladero para conocer sus opiniones e impresiones y sobre todo, para averiguar la logística escolar.
Al medio día lo recogí, y encontré a un niño hambriento - por la emoción casi no había comido su lonchera – y muy feliz con su primer día. No se quería ir del colegio, quería jugar más y quedarse más, me enseñó su salón, me enseñó los trabajos que había hecho y hasta comparó con su nido. En su opinión, el colegio es igual al nido. Yo también estuve muy feliz con el primer día. Me gustó el profesor, me gustó su asistente, me gustó el sistema.

Ahora estamos (sí los dos: mi hijo y yo) muy contentos y emocionados con la primera semana de clases, queremos tener clases todos los días (por ahora tenemos intercalado), queremos que el horario sea más largo, él ya quiere empezar las clases de gimnasia y yo ya quiero que empiecen las reuniones de las delegadas. Porque… ¿ya mencioné que soy la delegada del salón? Pero obviamente, esta neuro_mamá no iba a dejar pasar la oportunidad de inmiscuirse (más) en la educación de su hijo mayor. De ninguna manera.


Y así, con mucha alegría e ilusión y un poco de neurosis, empezó una nueva etapa en nuestras vidas: la etapa escolar de mi bebé. Porque, aunque ahora ya sea un niño “grande” que va al colegio y tiene tareas. Para mí siempre será mi bebé, y yo siempre seré su mamá que lo mira ansiosa por la ventanita del salón y lo recibe con un abrazo grande y un beso inmenso.  

*Colaboración con el portal Padres de Hoy

viernes, 21 de marzo de 2014

Ya tengo el poder (muajajajaja)

Esta mañana recibí la confirmación de una noticia que ansiaba desde el día que mi hijo ingresó al colegio: soy LA delegada del salón. Por tanto, soy la encargada de organizar a las mamis del salón de mi hijo, y el nexo entre el colegio y los padres de familia. Quienes me conocen saben que me moría de ganas de serlo. Es más, tenía tantas ganas que el día que fui a matricular a mi hijo se lo comenté a la encargada de admisiones, a la secretaria, a la recepcionista y a la psicóloga de primaria. Como consecuencia de mi entusiasmo, unas semanas atrás recibí la llamada de la Coordinadora de delegadas de Early Years (a.k.a mi nuevo ídolo) para comentarme que debido al interés y entusiasmo que había demostrado había sido elegida como delegada del salón (primera vez, que mi bocota me sirve de algo) y esta mañana recibí el correo invitándome a la primera reunión.

Para much@s esto debe sonar a la chamba más aburrida y complicada del mundo, incluso algun@s lo considerarán una pérdida de tiempo, pero no yo. Para mí, una neuro-mamá total es lo mejor que me podía pasar; ¿acaso no es por este tipo de cosas que dejé de trabajar? Además, me permite estar al tanto (y de primera mano) de las actividades, cambios y eventos que suceden en el colegio. Tengo la excusa perfecta para pasar más tiempo metida en el colegio, hablar con el profesor, con la auxiliar y sobre todo y lo que más me interesa, estar pendiente del desempeño y evolución de mi hijo. Sí, ya sé, pobre niño con la mamá metida ahí. Pero, bueno algo me va a tener que reclamar en la adolescencia ¿no? Y mejor que sea mi exceso de involucramiento en su vida.

Pero, lo que nadie sabe es de mi macabro plan, pues ahora que ya estoy dentro del selecto círculo de las delegadas pretendo enquistarme en el poder y quedarme hasta que la última de mis hijas se gradúe (muajajajaja – risa malvada). Pretendo ser delegada del salón de mi hija la segunda y obviamente también de la tercera, pretendo andar involucrada en todas las actividades y decisiones que haya con respecto a sus estudios, actividades y eventos (ya dije arriba que por algo me van a tener que odiar mis hijos en la adolescencia) pues, éste es sólo el primer paso. Es el primer paso, para llegar a ser … la presidenta de la APAFA (muajajaja – risa malvada).



Así, que no se preocupen mamis. La educación de sus hijos está en buenas manos (las mías), ¡y yo prometo que me encargaré de todo hasta el día de la prom y más! (muajajajajaja) 

domingo, 16 de marzo de 2014

¡No quiere dejar el pañal!

Hace un tiempo posteé sobre cómo iba a acompañar a mi hija de ahora 2 años y medio a dejar el pañal (Dejar el pañal,¡sí se puede!!). Yo veía que ella ya estaba físicamente lista (porque sabe aguantar, ergo: tiene control de esfínteres) así que asumí que también estaba emocionalmente lista para dejar el pañal y que hacerlo, sería tan fácil como lo fue empezar a darle de comer. Incluso escribí un post sobre la nostalgia que me daba el hecho que deje el pañal (Nostalgia por un pañal), pues eso significaba que ya no era más una bebé. Jamás, me imaginé que casi 3 meses después, no sólo no lo ha dejado, sino que se aferra a él con toda la furia de sus “terrible two”.
Columna de stack de pañales: mi hija no quiere dejar el pañal

Así pues, pese a todos mis esfuerzos, ella aún no deja el pañal. Es más, lo ha agarrado con más fuerza que nunca y está determinada a seguir siendo una bebé con pañal cueste lo que cueste. No le interesa que la mayoría de sus amigos del nido ya lo dejó, no le importa el incentivo que le ofrezca, ni si la amenazo o la premio. A pesar que ama a las princesas, odia la sillita para el W.C de princesas que le regalo su abuela. Ella, simplemente, NO quiere dejar el pañal. Y por muy frustrante (y preocupante) que eso sea para mí, no hay nada que pueda hacer.

Quitarle el pañal a mi hijo mayor fue cosa fácil. Sin dramas, ni estrés. Si bien, sospechaba que con ella no sería tan fácil, jamás me imaginé que sería así de difícil. Y, lo más duro de todo, es que me he dado cuenta que yo (sí, yo) estaba equivocada. Las psicólogas, como mi prima, tienen razón. Cada niño tiene su tiempo y su ritmo, y no sirve de nada intentar forzar las cosas. No importa si yo estaba lista para que lo deje, ella aún no lo está. Si mi hijo mayor dejó el pañal a los dos años y en tiempo record, fue porque él estaba listo. Mi Nina, aún no lo está y no me queda más que esperar con paciencia, sin forzarla, ni avergonzarla porque en cuanto esté lista, lo dejará. Además, la presión podría ser contraproducente, pues por contreras, podría incluso aferrarse más al pañal.


Ahora me toca esperar con paciencia y sonreír callada cuando otras mamás cuentan cómo es que sus hijos dejaron el pañal, el chupón y hasta el biberón en las vacaciones de verano (auch!). Mi hija no está lista aún, y yo debo respetar su tiempo y aprender a acompañarla tranquila en su proceso. Debo recordar que su desarrollo, no se trata de mí, ni de mi vanidad de madre (sí, hay mucho de eso acá) sino, se trata de que sean sus tiempos los que primen.

Tómate tu tiempo hijita, tómate todo el tiempo que necesites. Acá, tu mamá te espera y estará preparada para ayudarte, cuando tú te sientas lista. Porque, al final todo se trata de ti, de tus tiempos y no, no de los míos.


lunes, 10 de marzo de 2014

Las mamás están locas



¿O debería decir, estamos locas? Hace un par de semanas, una amiga me invitó a que la acompañara a ver la clausura de la academia de verano de tenis de su ahijado. No tenía nada mejor que hacer y mis hijos estaban tomando siesta así que la acompañé. 

Llegamos 15 minutos temprano y ya estaba todo lleno. Reventaba de mamás, abuelas y tías. El ambiente era tenso y se podía sentir el estrés. Cogimos el mejor sitio que pudimos encontrar y nos sentamos a ver el partido. Empezó el primer grupo de partidos (se jugaban varios en paralelo) y todo iba normal, hasta que de pronto escuchamos unos gritos que venían de la otra cancha. Los gritos, ¡oh sorpresa! no eran de uno de los niños, sino de una de las mamás que estaba furiosa reclamando un punto al juez de línea. Mi amiga y yo nos miramos sorprendidas: no era para tanto, al final del día este era un partido amistoso de exhibición de la academia. Pero, aparentemente para las mamás era un asunto de vida o muerte, porque ella no fue la única. Absolutamente en todos los partidos, hubo una mamá que se quejó o reclamó un punto. Ya al final de la “exhibición”, era una locura: niños llorando, madres furiosas reclamando puntos o injusticias porque habían hecho jugar a sus hijos con niños más grandes, o niños que llevaban más tiempo en la academia, etc. Parecía, que sus hijos jugaban una final de un gran slam.

Salí totalmente sorprendida de la exhibición. Yo entiendo la competitividad, es más soy una persona altamente competitiva. Me gusta ser la mejor, y obviamente, en lo que hago quiero ganar. Me encantaría que mis hijos sean los más campeones de todo, pero ¿hasta el punto de volverme loca en un partido de clausura de la academia? Dios mío ayúdame, porque espero que no. Y con esta generación de madres altamente competitivas y neuróticas, será una tarea difícil. Las mamás  esperan ver a sus hijos ganar y han (¿hemos?) perdido el autocontrol. Porque, gritar al entrenador porque tu hijo no ganó el primer lugar, es una pérdida total del autocontrol.

Recordé entonces, la animadversión de mi hijo – un niño extremadamente intuitivo y sensible – a jugar partidos luego de su clase de fútbol. Sentía la fuerte expectativa que este partido generaba en los padres (padres y madres incluidos acá). Todos quieren ver a su hijo ganar, y si no… Comprendí también, porque casi muere cuando en la clausura de su academia de natación dijeron que era una competencia. Intuía, la ansiedad que esta palabra desata en las madres. Y él simplemente, no puede con esa presión. Gracias a su intervención, la competencia de natación se convirtió en un festival dónde, los niños iban a demostrar lo que habían aprendido en el verano. Con la palabra competencia fuera de la mente de las mamás, fue una mañana divertida dónde todas se dedicaron a aplaudir y a disfrutar los progresos de sus hijos.


Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme ¿qué está pasando con las mamás? La competencia es sana, pero ¿con estos niveles de presión y ansiedad? No lo creo. ¿Habrá sido siempre así?  Me da miedo, me da miedo porque no quiero volverme así, y me da miedo porque los niños sensibles, como mi hijo, la van a pasarla particularmente mal. Sólo espero, dejar mi parte neuro y poder alentar a mis hijos y acompañarlos en sus triunfos y sus fracasos tal como lo hicieron conmigo mis papás. Así, que creo, que es momento de pedirle un consejo a mamá. Después de todo, no salí tan mal ¿no?