lunes, 25 de agosto de 2014

Hago lo que sea pero, que duerma ¡por favor!

Hace un tiempo atrás escribí que mi bebé de aquel entonces 11 meses, no sabía dormir (Post acá). Nunca durmió tan bien como sus hermanos mayores, pero jamás su dormidera había sido un tema. Hasta que, de un momento a otro dejó de dormir bien. No sé, si es porque le dio susto, o “mal de ojo”, o sufre de parasomnia. No sé, y en este punto, no descarto nada. Pero, hasta ahora a sus 15 meses continúa durmiendo mal.

La peor época fue a los 13 meses. Hubo noches en las que se levantó hasta 7 veces, sí ¡7 veces! Para alguien que duerme unas 10 horas en la noche, significa que se levantaba cada 1 hora y 15 minutos (y yo con ella). Por supuesto, después de esas noches yo era un zombie gruñón e iracundo. En las noches, dejé de tenerle paciencia. En varias ocasiones tuve que pedirle a mi esposo que él la vea porque yo estaba fuera de control. Al final, hice lo inconcebible: puse a la nana a dormir con ella. Sí, que horror una neuro_mamá como yo. Pero, ¿qué hacía? necesito funcionar en el día y no gritar a mi bebé en las noches. 

Desesperada fui al neurólogo. El neurólogo sólo me dio tranquilidad, pues no ayudó en nada a que duerma mejor. Orgánicamente mi bebé estaba muy bien. Sus reflejos, su desarrollo, todo perfecto. ¿Por qué no dormía, entonces? Aparentemente, sufría de parasomnia, ¿ella también? (ver post acá) y no había nada que hacer más que esperar con paciencia a que se le pase, pues estos episodios se van solos en unos meses.

Bueno, pensé. No hay mal que dure 100 años. Mientras tanto, y a sugerencia de mi hermana, leí el libro: The
happiest baby on the block. Es una buena lectura, pero el sistema de hacer dormir que propone el autor, no me funcionó. Por otro lado, la nana desesperada llamó a una prima suya que vino a pasarle el huevo a mi hija y me enseñó a hacerlo. Se lo pasamos varias veces. Mejoro bastante, pero continúo levantándose unas 3 o 4 veces por noche. Igual, era demasiado. Quizá yo no lo estaba haciendo con fe, decía la nana. Decidí pasarle el alumbre. Mi familia es de Cajamarca, así que a mí me la pasaban de niña y era algo a lo que le tenía fe. Llamé a mi abuela, ella no sabía. Siempre fue la nana de mi papá (Mama Perpe, quien falleció unos años atrás) quién nos la pasaba. Cómo la extrañé.

Fui donde el pediatra, quizá había un jarabe, algo que la hiciera dormir bien. Nada, pero me dio el número de una vidente. No miento, me dijo: “Prueba. A otra paciente mía, le funcionó. Había un fantasmita molestando a su hijo”. Recordé lo que le pasó a mi prima. El espíritu de un niño no dejaba dormir a su hija. Claro, que su caso era más crítico pues, en las noches tiraban los juguetes de mi sobrina y prendían la radio de su cuarto. Pero, esa solución me da pavor. Además soy una ferviente católica, una cosa es pasar el alumbre, y otra cosa ya, lidiar con seres del más allá.

No llamé a nadie y me fui de viaje (ver post acá). Al regresar, pensé que ya habíamos superado las malas
noches. Es más, le dije a la nana que regresará a dormir abajo. Hasta que… unas noches atrás empezó de nuevo. Ahora, los gritos son de terror, llora fuerte y es difícil calmarla. Yo ya estoy cansada. No quiero leer más libros, no quiero pasarle el alumbre, ni mucho menos el huevo. Ya no quiero consultar al neurólogo, ni al pediatra y me niego rotundamente a traer una vidente a mi casa. Así, que con toda la fe del mundo intenté el último recurso: eché unas gotas de agua bendita de la virgen de Fátima en su cuna, y hace 3 noches atrás mi bebé duerme con el frasquito de agua bendita en una esquina de su cuna.


Hace 3 noches que mi bebe duerme bien. Sin pesadillas, sin sobresaltos. Hace 3 noches, que estoy más tranquila y ya llamé al padre para que bendiga mi casa. Quizá, sí sea una cuestión de fe, como dice la nana, así que vamos para adelante con la fe que yo tengo. Y, si esto no funciona me volcaré a la medicina y esperaré a que su sistema de sueño madure, dicen que a los 2 años. Esperaré pues con paciencia, y con fe. Y, mientras tanto, toda la ayuda de este (y el otro) mundo que pueda recibir.   

martes, 19 de agosto de 2014

Carta a NeuroMamá…a propósito de un reciente viaje a Europa

Hola Neuro-Mamá,

Antes que nada quiero decirte que soy tu fan. Me encantan tus anécdotas y siempre me haces reír. Te escribo a raíz de un reciente viaje que hice a Europa en el que observé muchas cosas curiosas que muero de ganas de comentar…

Siempre supe que hay grandes diferencias culturales entre países y que los europeos son muy diferentes a los latinos. Este viaje me permitió descubrir una posible explicación: la manera como criamos a nuestros hijos. La forma de crianza de nosotras, las peruanas, es muy peculiar. En este viaje, éramos mi esposo y yo vs. mi hija, digo, mi esposo, mi hija y yo... jajajaja. Nada de nanas. No pude evitar compararme con cada madre que vi en la calle. Me sorprendió que nadie cargaba tanto a su hija como yo. Las europeas los hacen caminar, inclusive desde tan pequeñitos como la mía (año y medio), los niños tienen 2 opciones: coche o mano, a veces aparece una tercera, el canguro, pero definitivamente no iban cargaditos contra la cadera de mamá.

También caí en cuenta que ahogo a mi hija en besos, y que en consecuencia, ella es una gran besuqueadora. No vi en 14 días ninguna europea que cargue a su mostrito y le diga "a ver besito a papá, al abuelito, a la tía, al fulanito que casi ni conoces", y que reciba una ola de aplausos por ello. Y de ahí deriva que cuando me presentaban a algún europeo automáticamente y por "educación" yo les metía la cara tratando de besarlos y ellos me extendían la mano... "Que frios", pensé la primera vez, a la quinta vez me sentí súper inoportuna y hasta invasiva. Así que dejé de andar de repartidora de besitos, incluso era más cómodo para mí, y me he propuesto no forzar/pedir besitos a mi chiquitina.

Otra cosa que me sorprendió es que niños pataletudos hay en TODO el mundo. No faltó en cada paseo por lo menos un par de niños berrinchudos, eso no me sorprendió. Lo que sí me sorprendió, es como lo manejaban las mamás. Más de una vez pensé que el niño lloraba porque se había perdido, y NO, no era eso, la mamá estaba a una prudente distancia, viendo con paciencia y casi sin inmutarse el despliegue de ira de la criatura, la que luego de un rato entraba en razón y con el rabo entre las piernas volvía hacia la madre. Y no sólo eso, sino que ningún europeo se preocupaba o prestaba atención. Sólo la inoportuna latina que te escribe miraba con asombro y hasta, sólo la primera vez, quiso entrometerse para ayudarlo a "buscar a su mami". En el aeropuerto de Lima un niño se tiró al piso y no faltó más de una vieja que tuviera algo que decir al respecto, desde "señora, recoja a su hijo”, hasta "¡ayyyy Dios!". Y eso, obviamente trae consecuencias, las madres peruanas no sabemos manejar una pataleta con dignidad: o los arrastramos por el piso, o los gritamos y nos frustramos, o terminamos dándoles lo que quieren (para que no hagan roche) o, simplemente llamamos a la nana...

Y hablando de nanas, las europeas van con sus 2,3 o 4 hijos a todos lados. Ellas y sus maridos con todos los hijos. Los niños se saben manejar en grupo, juegan cerca de los papás, se sientan y comen tranquilos. Me rompí el cerebro preguntándome porqué mi enana simplemente camina a donde se le da la gana y ni se preocupa por perderse, mientras los gringuitos siempre andan a la vista de la madre. ¿Por qué mi hija acaba de comer y se baja de la silla ipso facto, mientras los europeitos mueren de aburrimiento en sus sillas y esperan a sus viejitas? ¿Por qué mi traviesa es tan poco "sobreviviente" y se paraba chancando, atorando en el ascensor, la escalera eléctrica? No vi a ningún europeito meterse en tantos problemas... Creo que tengo la respuesta: mi hija está malacostumbrada a la nana. Las peruanas tenemos nanas, abuelas, tías que cuidan 100% del tiempo a nuestros pequeños. Cuando mi hija se aburre, la nana se la lleva a dar una vuelta. Ella no está acostumbrada a esperar pacientemente. Si terminó de comer, se la llevan a jugar.  Cuando se va corriendo, siempre la persigue la nana (no vaya a ser que se caiga o algo) ella sabe que siempre hay alguien atrás. En este viaje no siempre tuvo a alguien atrás, y casi se rompe en mil pedazos. La verdad, no es tan “ranger” como los europeitos, y es porque no ha necesitado serlo.

También observé que, los esposos de las europeas no son "cooperadores", ellos saben que no se trata de "cooperar”, sino que también es ¡¡responsabilidad de ellos!!! Mientras, mi marido se daba palmaditas en su propia espalda, porque (y cito) la estaba "rompiendo" como papá, estos gringos chambeaban callados y sin esperar agradecimiento. En el aereopuerto ya de regreso a Lima, vi a una familia, iban papá y mamá con 3 niños. Mamá empujaba el coche de uno de ellos, papá cargaba 3 maletas, 2 niños y un carry-on, ¡no exagero!  Seguramente era el turno del papá, y no escuché ni una queja de su parte. Mientras mi esposo se creía un héroe por llevar él sólo las 2 maletas. Me quedé pensando, ¿cómo lo entreno? ¡Yo quiero el shampoo que ella está usando!!!

Increíble compararnos con otra cultura. ¿Lo estamos haciendo mal o muy bien? Sólo el tiempo lo dirá. Sólo sé que para mi próximo viaje, llevo a mi chiquitina cuando sea más grande y no tenga pensamientos suicidas.

Abrazos


Neuro-mamá 2

lunes, 18 de agosto de 2014

Mi viaje de terror

Hace unas semanas atrás posteé sobre las vacaciones de mis sueños (ver post acá), y las ganas de poder realizarlas pronto. Sobre lo que no escribí, fue sobre el terror que tenía del viaje que iba a realizar en estas vacaciones. El viaje fue por un motivo muy especial: el matrimonio de mi hermana. Y aunque no hay nada más lindo que un viaje familiar para una celebración de amor; viajar con 3 pequeñitos uno de 4 años y 10 meses, otra de 2 años y 9 meses y la tercera de 15 meses, a mí, me generaba TERROR.

Lo que más terror me daba era el vuelo: 12 horas y media el primer avión, una hora y media el segundo y una escala de 90 minutos (mi hermana se casó en un reino muy, muy lejano). Además de la chamba que implicaba atender durante casi dos semanas a 3 pequeños absolutamente dependientes, sin ninguna ayuda externa (¡nana!) y con un evento tan importante de por medio. Con mucha ansiedad por estos temas y mucho temor por mi salud mental, nos embarcamos hacia allá en un vuelo nocturno. Fue una buena idea pues ellos durmieron bastante bien y aunque mi marido y yo no tanto, pudimos descansar algo. Una vez allá, el jet lag fue brutal, 3 días completos en que los niños se levantaban en la madrugada muertos de hambre (era su hora de almuerzo) y la bebé se pasó más de 3 horas levantada sin poder dormir. Felizmente, luego de 3 días, todos nos aclimatamos y la chamba disminuyó (por lo menos durante la noche).

Otro de mis temores era mi pequeña de 15 meses, quien todavía no duerme de corrido en la noche, (¡sí,
todavía! Ver post acá y acá) pero, una vez superado el jet lag, empezó a dormir corrido como una reina, supongo que por el agotamiento de los días tan intensos que teníamos. Felizmente, los primeros días contamos con mis papás y la novia para ayudarnos, pero ellos también terminaban muertos. 

Los días previos a la boda, la chamba aumentó pues al viajar al pueblo del novio en donde se realizaría la boda, nosotros nos fuimos a un hotel y el resto de mi familia se fue a otro ¿por qué? No me pregunten por qué hicimos eso. Felizmente, ya estábamos aclimatados y manejábamos muy bien la logística con los 3. Aunque, claro, hubo momentos en los que honestamente pensé que moriría del agotamiento y mi fatiga y frustración eran tales que quería llorar y gritar cómo una loca (hice ambos, aunque sobre todo lo segundo). Nadie del grupo familiar se escapó de mis gritos y/o palabras hirientes (ni la novia, ni mis hijos: ¡disculpen!). Incluso, hubo varios momentos en los que mi esposo y yo nos cuestionamos si el viaje había sido una buena idea, y que quizá sería mejor no haber ido…

Hasta que llegó el día de la boda...Y vi a mi hermanita tan feliz, tan plena, a mis hijos felices compartiendo con su familia (mi segunda, mi pipesa, llevó los aros y la cola de la novia), disfrutando de la alegría de su “tía favorita”, mis papás felices, mis hermanas también, y por supuesto yo también.

Y si pues, aunque haya sido un suplicio llegar hasta allá, aunque fue la peor tortura del mundo regresar a Lima en un vuelo de día (no lo recomiendo para nada, todavía me duele la cabeza pues, fueron más de 15 horas seguidas en la que yo no dormí) aunque, no conocí ni la mitad de lo que hubiera podido conocer en un viaje adulto y comí más McDonalds de los que había comido en toda mi vida... claro que valió la pena y por supuesto que lo volvería hacer (en unos 5 años, ¡más o menos!) y desde acá les deseo, a mi hermana y mi cuñado, toda la felicidad y el amor del mundo.