domingo, 26 de octubre de 2014

¿Pataletas a mí? Jamás

Sí claro. Ja-más. Jamás. Si fuera posible tragarse las palabras, yo ya hubiera muerto atorada. Pues, como ya deben sospechar, las peores pataletas de las que he sido testigo me las han hecho a mí y no una, sino varias veces. Sobre todo, mi hijo con espíritu. Y, cómo ya escribí anteriormente (Post acá) sus pataletas han sido épicas. Me han hecho morir de vergüenza, me han hecho llorar, me han hecho entrar en ataques de ira… en fin, me han hecho sentir de todo. No fue nada fácil lidiar con esa etapa. Pero – creo - que, por fin, ya pasó y, creo también, que aprendí bastante sobre eso.

Hoy después de mucho tiempo volví a presenciar una pataleta de aquellas, mientras hacía mis
compras semanales. Felizmente, no me la hicieron a mí. Si no a otra mamá. Yo la ignoraba. ¿Qué voy a hacer? Yo he estado ahí. Y, he estado ahí, no una sino varias veces. Mi hijo se ha tirado al piso en Wong, en Tottus, Plaza Vea y Vivanda (o sea, todos los supermercados del barrio) se ha tirado al piso en fiestas infantiles, lonches familiares y hasta play dates con amigas. En un punto, dejamos de salir. Pues, las emociones que pasaban por su cuerpecito eran tan fuertes, que se daba de cabezazos contra la pared, se jalaba los pelos y se tiraba al piso (con movimientos copiados del exorcista). No tenía ni dos años cuándo lo hacía.  

Ha sido duro “domar” ese carácter. Sigue siendo un trabajo duro. Es un trabajo constante en el que bien, me asesoro con psicólogas especialistas en niños, leo libros de crianza y disciplina y/o he ido yo a terapia para poder controlar mis emociones y ayudar a mi hijo con las suyas. He aprendido a contenerlo. Él ha aprendido a verbalizar sus emociones y canalizarlas de manera más positiva. Yo aprendí a no desesperarme ni asustarme. Estos episodios – gracias a Dios – son practicamente inexistentes. 

Cuándo veía a esta mamá muerta de vergüenza me provocaba decirle que no se preocupe, que no pasa nada. Que acá había una mamá que comparte su dolor y ya experimentó su vergüenza. Y, como mamá que ya pasó por eso (y lo superó). Mi consejo es que NO le de vergüenza (ya lo escribí acá). Probablemente, esta no será la última pataleta que le hagan en un sitio público (que se acostumbre). Que no ceda a los caprichos del niño. Si es necesario, debe salir del sitio en el que se encuentran y llevarlo al carro o cualquier sitio tranquilo para que se calme. Y, sólo regresar cuando él ya este calmado (si supiera cuántas veces tuve que dejar el carrito de compras a la mitad). Que no pierda los papeles (sí, ya sé fácil decirlo) ella debe permanecer calmada y tranquila, transmitiendo seguridad (o por lo menos intentando transmitirla). Tiene que demostrar que ella controla la situación (aunque obviamente no lo sienta así). Golpear, jamás debe estar permitido. Ni golpear a otros ni a sí mismo, eso sí que no. Y, finalmente cuándo todo el episodio pase. Abrazar fuerte a su hijo y hablarle suavemente poniendo palabras a sus emociones.

Sé que cada niño es distinto y no todos funcionan igual. Pero, esto nos funcionó a nosotros. No en un día, ni en una semana, ni en un mes, tomó un poco más. Ahora, mi hijo tiene un amplio vocabulario emocional que incluye palabas cómo: “estoy furioso”, o su clásico “muy molestado”, “me da cólera”, “tengo miedo” o incluso, “tengo mamitis, quiero estar contigo” o, “estoy tan feliz, soy muy feliz”.  Y yo también, soy feliz muy feliz de verlo tan bien y a ver superado esta etapa. 

lunes, 20 de octubre de 2014

Ya estoy cansada

No sé si es porque estamos cerca  a fin de año,  o porque estoy cargando un resfrío que no me suelta desde hace más de 1 mes, o porque he aumentado mis horas de chamba fuera de casa, o simplemente porque ya llegué a mi límite y necesito descansar; pero ya no aguanto más. ¡Estoy agotada! No jalo ni un día más de colegios, nidos, actividades y pañales. Me cuesta un horror levantarme por las mañanas y cambiar a mis hijos para sus actividades diarias. En las noches, escucho a mi bebe llorar y rezo para que su papá también la escuche y sea él quien vaya. Encima, ya casi no tengo paciencia y para rematarla, ya no me interesa socializar con nadie.   

Me encuentro en una etapa (espero que lo sea) árida de mi vida como madre. Sin ninguna motivación aparente fuera de los pequeños gustos que trae el día a día con los niños. Cómo decía arriba, no sé si es porque ya es fin de año y me faltan vitaminas, o quizá porque mi tiroides está mal y las hormonas me están jugando una mala pasada. Pero, yo que no me perdía una, ya ni ganas de salir a la calle tengo. Es un suplicio ir a fiestas, talleres, charlas, actividades y shows (ojo, salvo que mis hijos sean los protagonistas, ahí sí se me vienen todas las ganas del mundo de participar y madrugo para sentarme en primera fila).  

No sé qué me está pasando, y la verdad es que no me gusta. No sé si a todas les pasa, o si a alguien ya le pasó antes. En mi caso, es la primera vez que estoy tan cansada y aburrida. ¿Por qué no decirlo? Aburrida y cansada. Quizá, esta rutina de ser mamá ya caló en mí. Quizá esta “jornada atípica” de trabajo de 24 x 7 x 365 ya hizo mella. Y la escasez de adultos interesantes (léase pares) con las que conversar en mí día a día de madre hace que mi motivación para participar en actividades se reduzca aún más. Pero, Uds. dirán, y ¿tus amigas? Sí, mis amigas están bien, gracias. Y cada una, está en su nota. Muy pocas tienen hijos. ¿Acaso no hay alguna otra gente con quien puedas conversar de algo? Y sí, si hay, supongo. Tendré que buscarlas. 

¿Y el hastío? Espero que ya pasará, ¿no? Por lo pronto, estoy tomando vitaminas y con una actitud más relajada frente a mis obligaciones. Si llegan tarde al colegio/nido, pues llegan. Ya no grito, ni me estreso, ni corro como una loca. Si no comen toda su comida, les doy sus gomitas multivitamínicas y me quedo tranquila. Si la chiquitita no duerme en la noche, pues será vampira. Ya no me estreso. Si la tarea no está lista y perfumada para el día correspondiente, pues no me importa, total, yo ya terminé el colegio. Es deber de mi hijo terminarla. Quien sabe, quizá con esta nueva actitud recobre mi energía (o por lo menos mi buen carácter). También, estoy haciendo más deporte y estoy planeando una escapadita con mi marido… aunque pensándolo bien, ¿los maridos no dan casi tanta chamba como un hijo? Aquí entre nos, el mío sí. Así, que quizá una escapadita solita con algunas amiguitas, a tomar un traguito y conversar un poquito...

Ahhh, creo que ya recuperé la energía.