jueves, 6 de agosto de 2015

Mi experiencia con la lactancia parte 1

En el marco de la semana mundial de la lactancia materna, creo que se hace necesario que todas las madres - que queramos y podamos -  compartamos nuestra experiencia al respecto.  Principalmente con el propósito de desmitificar muchos de los mitos (valga la redundancia) que se tejen alrededor de la misma; mitos que por un lado, idealizan y poetizan el proceso de la lactancia demasiado o por otro, mitos que generan miedos y resistencias innecesarios en las madres.  

Considero importante que como mujeres, más aún como mujeres que ya hemos pasado por esta experiencia, compartamos sin prejuicios ni temores nuestras prácticas dando de lactar. Esto con el propósito de compartir experiencias y observar distintas historias de vida y encuentros con la lactancia.

Empezaré contando mi experiencia con mi hijo mayor, y luego haré dos entregas más compartiendo mis experiencias con mis otras hijas. Un poco por temas de espacio y otro poco porque con cada hijo la historia de la lactancia es distinta y cada uno, te coge a ti en un momento distinto y con una actitud distinta.

Como primeriza me moría de miedo de dar de lactar (en verdad, como primeriza todo me daba miedo), pero había internalizado (y muy bien) que la lactancia materna exclusiva era lo mejor para mi hijo no sólo en términos nutricionales, sino también en términos pisco-afectivos. Así, que estaba decidida a todo por lograrlo e hice mi mejor esfuerzo.Vaya que fue un esfuerzo, sobre todo los primeros días. Los expertos te sugieren que des de lactar en la primera hora después del parto, siendo yo cesárea esto fue imposible. Estaba tan adolorida y con tanta droga encima, que no me importó. Pero, apenas llegué a mi habitación lo primero que quise es que me trajeran a mi bebé y darle de lactar.

Y mi bebé llegó; grande (4 kgs.) chino, gordo y muerto de hambre. Yo estaba cansada y maltrecha pero igual me puse manos (digo, tetas) a la obra. Él succionó y succionó y algo salió, pero creo que no mucho porque a la hora ya tenía hambre. Los primeros días la leche que me bajaba no era suficiente. Él quería más comida de la que yo podía darle. Felizmente, en esos primeros días me acompañó una enfermera que me recomendaron en la clínica donde nació. Ella me dio calma y seguridad: “Tranquila señora, la leche se demora en bajar, más aún para las primerizas. Algunas demoran hasta 10 días”. Así, que con sus palabras de aliento y la ayuda de una lata de fórmula para rellenar las tomas en las que mi hijo se quedaba con hambre continúe.
Mi bebé y yo, luego de una toma

Me alegro de no haber escuchado a ninguno de esos gurús de la lactancia exclusiva que te obligan a no darle ni una pizca de fórmula. Eso sólo me hubiera dado estrés y probablemente hubiera afectado mi producción. Tener a mi bebé satisfecho me dio la tranquilidad para seguir intentándolo. El pediatra me apoyó: “lo que funciona para la mamá, funciona para el niño”. A los 7 días yo ya producía suficiente leche para satisfacer a mi bebé, y al mes era una vaca lechera. El resto de la lata de fórmula la guardé por si acaso. Tenía un efecto tranquilizador en mí: si no había leche en mi teta, mi hijo no moriría de hambre. Nunca más la volví a usar.

En los primeros días además del miedo y la falta de leche tuve que lidiar con el dolor de mis pezones desgarrados. Salí de la clínica con los pezones destrozados. Usé unos protectores de silicona junto con unas cremas, y me aliviaron bastante. Luego, con la ayuda de esta enfermera (gracias Dios por mandármela) aprendí a colocar a mi bebé en la posición correcta. Después todo fluyó y el proceso se hizo mucho más fácil.

Mentiría si les dijera que a partir de ese momento todo fue maravilloso porque no lo fue. Dar de lactar es AGOTADOR y ESCLAVISANTE. En un momento, sentía que pasaba más tiempo con la teta al aire que dentro de mi ropa. Además, las primeras semanas sin horario y sin encontrar el ritmo adecuado la cosa es bien complicada. Eres esclava del hambre de un niño. Para mí fue muy duro pasar de ser una mujer independiente con una agenda propia a ser la proveedora de alimento de un recién nacido 24/7. Quise tirar la toalla varias veces. Lo único que me sostenía eran pensamientos tipo: “Ok. Ya vamos 2 semanas puedo hacerla 1 mes. Ok, voy un mes, llegamos a las 10 semanas y ya se la puedo cortar.” “Ok. Vamos 10 semanas, creo que ya puedo darle 3 meses. Sí, 3 meses es lo mínimo indispensable y se la corto. Total, en mi generación ya nos daban de comer a esa edad”.

Y así, iba pasando el tiempo y cada vez se volvía más fácil. En los controles mensuales el pediatra me preguntaba cuántas onzas tomaba. Yo no tenía ni idea. De nuevo me alegro tanto de no haber estado tan pendiente de las recomendaciones de los expertos donde te dicen el número de onzas que el niño DEBE tomar. Ahora, veo a varias amigas que desesperadas se sacan leche desde el primer día para ver cuánto producen y cuánto está tomando su hijo en cada toma, generándose – en mi opinión – un estrés innecesario. Cómo mi bebé crecía a un buen ritmo, el pediatra no me insistía por medidas exactas.

Una vez pasados los 3 meses y con mi hijo durmiendo 7 horas corridas en la noche, la vida se volvió rosa de nuevo. Acá, realmente sentí un cambio. Además, mi hijo el tragón tomaba su leche en 5 minutos. Vaciaba una teta en 5 minutos, y luego atacaba la otra en 5 minutos. En 10 ya estábamos listos para continuar con nuestra vida y la siguiente toma tocaba luego de 4 horas. ¡Ah! Volví a vivir la vida. Nos volvimos los más callejeros del barrio.

Como era un cerdo tragón, el pediatra decidió que para ayudarme a jalar más tiempo con la lactancia introducirle la comida a los 4 meses. Sí, 4 meses. Intenté un par de semanas, y no nos fue bien. Así, que retomamos los sólidos a los 5 meses. Acá, me cayeron muchas críticas de amigas nutricionistas y de otras mamás talibanas de la lactancia. No les hice caso. ¿Acaso alguna de ellas amamantaba exclusivamente a un bebé del 97 percentil? No tenían ni idea de lo que era eso.  A los 6 meses yo me sacaba 14 onzas de leche de una teta, de ¡una sola! Cuando dejaba a mi hijo con alguien no podían creer que se tomará dos biberones de los grandazos llenos.  Un promedio de 18 onzas por toma, y en las noches… más de 20.

Así, entre altos y bajos. Entre tomas aburridas y tomas divertidas llegamos a los 8 meses. A estas alturas yo ya era una experta. Le daba de lactar con una mano y con la otra miraba la compu, comía o hasta escribía. Mi hijo ya comía y cada vez me mordía más fuerte. Ya no quería hacer la chamba de succionar, lloraba por su biberón, lloraba por su papilla. Y un buen día de la nada, no quiso tomar teta. Lloró, me mordió y no se calmó hasta que tuvo su biberón. Con un poco de pena y algo de alivió decidí terminarlo ahí. Habían pasado 8 meses y 2 días de lactancia exclusiva.

Pensé que a él le iba a chocar horrible, que iba a reclamar la teta pero no fue así. Él siguió con su rutina de toda la vida como si nada. Al final cortarle la leche me dolió más a mí. Pero, no se preocupen me recuperé rápido de este vacío emocional: mi cuerpo volvió a ser mío y sólo mío.
Mirando hacia atrás no puedo creer que haya durado tanto. Yo que pensé que no iba a llegar al mes. 

Ahora mi hijo cumple 6 años y es grandazo. Me gustaría decir que es menos enfermizo que el promedio pero no es así. Se enferma igual o hasta más. Sufre de rinitis alérgica. También dicen que los niños alimentados exclusivamente con leche materna son más inteligentes. Ojalá. Tenemos un vínculo excelente y una cercanía sincera. ¿Gracias a la lactancia? No lo sé. De todos modos ésta fue una experiencia que me enriqueció mucho y que en las mismas circunstancias la repetiría. Claro, que ahora en estos momentos de mi vida… lo dudo mucho. Pero, ¿quién sabe? Quizá haya una mártir dentro de mí. 

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