martes, 29 de septiembre de 2015

No por mucho madrugar...


Recordé esta frase hace unos días atrás cuando entré a recoger a mi hija la segunda al nido (no, no fue porque llegué a recogerla tarde). Fue porque en el nido de mi hija es costumbre colgar los trabajos de los niños en la pared de ingreso, así uno puede apreciar los trabajitos mientras ingresa.  Ese día me detuve para mirar los nuevos trabajos del salón de mi hija y vi que un par de niños ya escribían su nombre. Me puse un poco nerviosa. Mi ser ultra-competitivo saltó: “no puede ser que estos niños –uno de los cuales todavía no se despega de su mamá y llora todo el día - puedan escribir su nombre y mi hija, no. ¿Qué está pasando?”

Lo cierto es que no tengo ni idea si mi hija conoce las letras del alfabeto y menos aún si conoce las letras que están en su nombre. Hasta hace unos días ella no tenía ni idea de cuantos años cumplía. Con ella sí que me estoy relajando, pero la verdad que la veo tan bien y en sus reportes en el nido siempre me felicitan así que porque exigirle innecesariamente, ¿no? Igual me neuroticé un poco (es mi naturaleza): ¿Quizá debería empezar a estimularla con las letras para que se familiarice con ellas y la rompa el próximo año que va a pre-kínder?


Entonces recordé un episodio muy similar que me ocurrió con mi hijo hace un par de años atrás. La misma escena: llego a recogerlo y veo los trabajos de todo el salón colgados en la pared. Veo que una niña (bien insoportable esa niña también, no fallaba en nada) había escrito su nombre en su trabajo. Esa vez sí me preocupé un poco más y me puse manos a la obra: decidí ensañarle a mi hijo a escribir su nombre. Resultó ser misión imposible. Le interesaba un pepino y cada vez que intentaba sentarlo para enseñarle alguno de los dos terminaba frustrado. Respire hondo y decidí dejar mis neurosis y ultra competitividad para mis cosas.

Terminó el nido, los niños se fueron al colegio y en el colegio ya les empezaron a enseñar las letras y lectura en serio. En el colegio le iba muy bien, él estaba motivado y aprendía al ritmo esperado. Aprendió a escribir su nombre y su apellido. Terminó pre-kínder sin que yo tuviera que darle ningún refuerzo ni motivación extra. Entró a kínder y aprendió leer y a escribir. Incluso hace poco me enteré que está en la mesa de los lectores avanzados.


Me encontré con la mamá de la niña en cuestión (la que sabía escribir su nombre en el nido). Me contó que ella también lee y lo hace bien. Sin embargo, no está en la mesa de los lectores avanzados de su salón. Me di cuenta que es cierto, que cada niño tiene su ritmo y su momento. Quizá si hubiera presionado a mi hijo para que aprenda a escribir su nombre, quizá si hubiera forzado su interés por las letras y la lectura ahora él no estaría tan motivado ni hubiera aprendido tan bien y tan rápido.  Así, que con la lección aprendida no le voy a comentar nada a mi hija la segunda, no voy a hacer nada ni me voy a preocupar un poquito. Sólo recordaré esta frase, que cae perfecto con esta anécdota: no por mucho madrugar, se amanece más temprano.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Estas mamás son valientes: ¡educan!

No sé por qué, pero al parecer es siempre más fácil – o más usual – estar más pendientes de lo negativo que de lo positivo. Es más común dar feedback negativo, quejarse o reclamar que dar un feedback positivo, felicitar y/o agradecer. No es por mala onda, pero uno tiende a señalar más las “oportunidades de mejora” que lo que está funcionando o haciéndose bien. Esto es así en los empleos, en los servicios, con los productos que compramos y también en la maternidad.

Tendemos a notar y compartir más las cosas que las otras madres hacen mal. Tendemos a notar (y algunas también a compartir) las cosas que  nosotras mismas hacemos mal. Pero, por lo general no compartimos ni notamos las cosas que se hacen bien.

Por otro lado, siempre es lindo cuando recibimos un comentario positivo y/o una felicitación por el trabajo que estamos haciendo. Y eso es precisamente lo que quiero hacer. Quiero compartir y hacer notar el trabajo (porque es un trabajo) de un par de mamás que – en mi opinión - lo están haciendo muy bien. En mi opinión, la “están rompiendo” en su maternidad. Aunque quizá ellas no se estén dando cuenta.

Ahora ¿por qué es que me parece que estas mamás la están rompiendo tanto? Precisamente porque no tienen flojera, ni pena, ni vergüenza de educar a sus hijos. Nada de eso. Están comprometidas con la lección que quieren enseñar. Si es necesario, ellas se privaran de pasarla bien para poder darles una buena lección a sus hijos.


A una de ellas la conozco desde hace poco. Cuando la conocí me cayó muy bien. Salimos varias veces en citas “madres-hijos” y una de las veces que salimos con un grupo grande - debo comentar acá que su hij@ estaba con serios problemas de conducta en el colegio - un niño se acercó llorando porque le habían pegado. ¿Ya saben quién fue, no? Ella no dudo ni un instante. Agarró a su hijo, se disculpó con todas y se fue. Recuerdo claramente que dijo: “tiene que aprender que sus actos traen consecuencias. Y pegar no está bien” Los niños la estaban pasando genial y nosotras también. A pesar, que varias le decían que se quede, a pesar que nosotras todavía no habíamos almorzado, a pesar, que la fiesta recién empezaba. Ella se fue. Su firmeza y asertividad me parecieron dignas de admiración. Más aún en estas épocas en que muchas mamás tienen miedo a educar. Leer: No tengas miedo a educar por favor. 

Esa fue la primera vez que vi a alguien hacer algo así. Pero, no la última. Está mamá es incansable. No importa si son las 7:00 a.m. en la puerta del colegio o las 8:00 p.m después de una fiesta. Ella corregirá a sus hijos.

Igual que la segunda mamá a la que quiero reconocer. A ella la conozco de toda la vida. Conozco sus luchas internas por dominar su propio carácter, y veo cómo es que logra controlar sus demonios internos y saca lo mejor de sí para atender a sus hijos. Sus hijos son más pequeños, pero no por ello el trabajo es más fácil. Todo lo contrario creo que yo. En ella, yo admiro también su firmeza (¿será que a mí me falta?) Cuando dice no, es no. Y no hay pataleta que la haga cambiar de opinión. Ella jamás tiene flojera. No tiene flojera de bañar, cambiar y dar de comer a sus hij@s. Cuando yo estoy muerta y me hago la de la vista gorda. Ella no. Ella está atenta y sigue pendiente. Y por eso la admiro. 

Estas mamás son valientes. Son valientes porque no les importa que en ese momento sus hijos las odien. Son valientes porque no les importa el que dirán. Son valientes porque no les importa privarse de su propia diversión. Y por eso las felicito. No me cabe duda que cuando crezcan estos niñ@s serán adultos de primera. Sé que no siempre una escucha halagos sobre su rol de madre, pero uds. chicas (aunque no sé si me lean) lo están haciendo muy bien. Sigan así, sus hij@s y el mundo  se lo agradecerán.