miércoles, 30 de marzo de 2016

¡Ups! La fregué o los deseos ocultos de mi inconsciente

O como diría el Chavo, fue sin querer queriendo (o los deseos ocultos de mi inconsciente) que comparto en mi blog de maternidad.

Estos últimos días mi esposo anda feliz contándole a tutti li mundi una anécdota que no me deja muy bien que digamos. Se la ha contado a toda mi familia, su familia, amigos en común, compañeros de trabajo, en fin, a quien quiera escucharlo. Además, me insta a que lo cuente en este blog de maternidad (NeuroMamá Blog) porque según mi hermana (y él la apoya) en este blog, “me las doy de sufrida”. Cuando en realidad – según ellos dos – el verdadero sufrido es mi marido. Incluso mi papá, (sí mi papá) le ha dicho que debería abrir su blog y llamarlo: “Papá sufrido, el esposo de la Neuro Mamá”.

Así que bueno, ante tanta presión familiar me ánimo a contarles la dichosa anécdota. Pero, antes de continuar sólo quiero aclarar una cosita pequeñita. Quisiera recordar que tal cómo lo puse acá: post 20 cosas sobre mí, una de las cosas que yo más valoro es mi sueño; amo dormir, soy súper dormilona, me encanta dormir y últimamente no lo puedo hacer tanto como quisiera. Además, estos últimos días he estado agotada y a la hora de dormir, no duermo: caigo desmayada a mi cama y entro en un coma profundo.

Dicho esto y sin más preámbulos les cuento la historia.

Como probablemente ya saben, mi hija la última ha dejado el pañal hace poco (ver post acá). Como su dejada del pañal diurna es reciente todavía no me animo a quitarle el pañal por la noche, así que todavía duerme con su pañal por las noches. Hace un par de semanas a eso de la 1:00 a.m. (yo estaba seca, durmiendo) y ella se acerca a la cama y me dice: “pila mamá. Pila”.  Según cuenta mi esposo, yo le respondí: “Ya, pues haz pila, estás con pañal. Para eso lo tienes”. Me di media vuelta y seguí durmiendo como si nada.

Mi hijita se fue furiosa lloriqueando a su cuarto y él salió atrás de ella sin poderlo creer. La llevo al baño, le cambio el pañal, le puso ropa interior y la volvió a acostar. Luego, se echó a dormir a mi lado incrédulo.

A la mañana siguiente, cuándo tomábamos desayuno en nuestro tradicional caos mañanero me dice medio en risa, medio en serio: Anoche te maleaste, ¿cómo es posible que le hayas dicho eso a la chiquitita? ¿Cómo es posible que a la niña, que ha logrado un hito en su desarrollo la mandes a volar de esa manera? ¿QUÉ? Respondí, ¿qué hablas? Y me contó todo lo que había ocurrido la noche anterior, de la cual yo recordaba NADA. Y no miento, no me acordaba nada.

Y hasta el día de hoy, dos semanas después, sigo sin recordar nada de este suceso. Definitivamente, contesté dormida lo primero que me salió - y fue del alma - aunque Freud diría que fue de mi subconsciente. Por más que trato y trato, no recuerdo nada. Y bueno, consciente o subconsciente el hecho es que me queda claro que mi esposo no me mintió porque ahora mi hijita en las noches, ya no viene a buscarme a mí, si no va de frente dónde su papá. La escucho entre sueños pasarle la voz y pedirle cosas.


Debo confesar que, que mi hijita no me busque a mi en las noches me hace sentir… descansada. 

Finalmente, luego de 6 años y 7 meses puedo dormir corrido y sin sentirme culpable. ¡Qué viva el inconsciente! Y creo que voy a meter la pata más seguido (jejejeje).

lunes, 21 de marzo de 2016

Los papis también lloran

La semana pasada, a eso de las 8:00 a.m. recibí una llamada de mi marido súper afectado porque había tenido que dejar a nuestra hija la segunda (en pre-kínder) llorando en el salón. En un inicio cuando recibí su llamada no entendía a que venía, me hablaba entre molesto y fastidiado que había tenido que escaparse del salón con ayuda de la profesora, que él no podía con el calor horroroso que hay en Lima, con la falta de aire acondicionado en el salón y menos aún podía lidiar con el tráfico matutino y con su camisa arrugada todas las mañanas y  bla, bla, bla.

Tarde un poco en darme cuenta que en verdad con lo que él no podía lidiar era con dejar a su princesa preciosa (ver post sobre su princesa preciosa acá) llorando. Lo del tráfico, el calor y demás era una excusa para no admitir(me) que se le rompía el corazón cada vez que tenía que desprender las manitos aferradas de su hijita a su camisa y entregársela a la Miss mientras la escuchaba gritar: “papá llévame a tu trabajo, llévame a mi casita. ¡No me dejes!”.

Pero, ¿qué había pasado? Los primeros días de clase mi hija llegaba como una reina feliz a su colegio nuevo (ver post acá).  No entendía. Le pedí a mi esposo que se calme, que me cuente lo que había pasado y que no se sienta mal, que lo más probable fuera que nuestra hija sólo hubiera llorado 30 segundos más después que él se fue. De todas maneras, mi esposo –aduciendo una importante reunión a primera hora de la mañana - me pidió que los lleve yo al día siguiente.

Y lo hice. Al día siguiente, llevé a los dos colegiales súper temprano. El mayor ya superada su crisis (post sobre crisis: ¿qué es peor a que tu hijo llore el primer día de clases?) entró al colegio refeliz, pero la segunda efectivamente, ha tenido un pequeño retroceso.  No voy a mentir y decir que yo la dejé feliz de la vida, pero lo cierto es que la dejé cantando con una compañerita, tranquila y sin derramar una lágrima. Y así fue el resto de la semana porque, ¡oh, sorpresa! A mi marido, de pronto, le salieron reuniones impostergables a primera hora del día todo el resto de esa semana.

Pero, hoy lunes todos volvimos a nuestra rutina diaria y mi esposo llevó a los dos colegiales. Mientras me alistaba en casa para llevar a la tercera al nido suena mi teléfono y ¡oh sorpresa! Era mi esposito. Ahora sí furibundo, diciéndome que él ya no volví a llevar a los niños al colegio y bla, bla, bla. Luego de escucharlo un rato despotricar contra la vida pude escuchar lo que realmente decía entre tanta desazón. Esta mañana había sido horrible, sonaron las dos campanas y nuestra hija no le soltaba la mano, se aferraba con más fuerza que nunca a su camisa, la Miss lo espetaba a que se vaya y él sin saber bien que hacer, se fue corriendo.

Inmediatamente me llamó para descargar su ira compartir su pena. Y no es porque sea el mes de la mujer (y me sienta más conectada con los negados sentimientos masculinos) pero, atrás de esa rabia, pude sentir la pena de mi marido. Le partía el alma tener que dejar a su princesa llorando en manos extrañas, tener que salir a hurtadillas y no poder llevársela como era su deseo oculto: “La próxima me la llevo a la oficina. Que no me digan nada. Yo no la puedo dejar así. No la vuelvo a dejar así”.

Continuamos hablando, él necesitaba hablar. Compartir que es horrible dejar a tus hijos llorando en el colegio (díganmelo a mí), que es horrible sentirse tonto e inútil mientras ves a tus hijos llorar y tú sólo los quiere calmar, abrazar y llevártelos a la casa pero, sabes que no puedes, no debes. Además, creo que es doblemente duro para los papás porque son muy pocos los congéneres que están ahí pasando por trances similares. Por lo general somos las mamás las que estamos ahí, y ya en el colegio estamos curtidas en estos temas.

Pero, tranquilo, tranquilo Rey. No te castigues privándote de llevar a tus hijos al colegio cada mañana. No renuncies a ese ritual tan lindo que tienes con tu hijo mayor y quieres mantener con la segunda. Ella se acostumbrará e irá al colegio tan feliz como su hermano. Es natural estar triste, sentirse tonto, querer llorar y enojarse muchísimo por eso. Porque, como bien dice nuestro hijo mayor, los papis también lloran... aunque algunos lloran renegando. 

miércoles, 9 de marzo de 2016

¿Lo arruiné todo porque me puse a llorar con mi hijo?

La semana pasada conté sobre el lacrimógeno primer día de clases de mi hijo mayor (ver post acá). Fue un post emotivo en el que cuento como es que mi emoción le ganó (nuevamente) a mi razón, y a pesar de los múltiples comentarios de solidaridad e identificación recibidos frente a mi comportamiento (FYI yo fui la que lloró), no podía evitar sentirme mal por mi lacrimógena reacción. De alguna manera sentía que había fallado en mi rol de madre que debe “contener” [emocionalmente] a su hijo, que en lugar de ayudarlo a calmarse le había transmitido más nerviosismo, inseguridad, etc.

Así que, sintiéndome recontra mal conmigo misma decidí consultar a mi psicóloga de cabecera para que me oriente y me ayude pues, no voy a mentir, me daba bastante vergüenza regresar al salón y/o tener que lidiar con una escena similar y volver a llorar, ergo, volver a fallar. Así que la llamé y le conté lo que había ocurrido. Sus palabras me orientaron y me ayudaron mucho para superar el gran sentimiento de culpa que tenía por no haber sido “el fuerte roble” que sostiene eficientemente a su prole en sus necesidades físicas, emocionales, espirituales, cognitivas y de desarrollo las 24 horas del día los 7 días de la semana.

Me ayudó mucho poder conversar con una profesional sobre esto y he decidido compartir con uds. lo que me dijo porque estoy segura que por ahí hay algunas que al igual que yo - a veces -  lloran, se exasperan y/o pierden los papeles con esto de la crianza y nuestro (neurótico) afán por hacerlo perfecto.    

Para empezar mi terapeuta me dijo que si uno (léase la mamá) llora cuando su hijo llora no es el fin del mundo, porque aunque estemos llorando no necesariamente perdemos la capacidad de contener a nuestros hijos. Incluso llorando podemos calmarlos, apoyarlos y ayudarlos a procesar sus emociones y a conectarnos con ellas. Es más, a veces, llorar junto con ellos los puede ayudar a validar sus emociones. Es decir, ellos pueden pensar: “fiuuu, si mi mamá también llora es porque esto realmente da mucho… miedo/pena/cólera/angustia, o el adjetivo que sea que ellos tengan en mente.
Ya con esto me sentí mucho mejor.

Además, si pasa que el tema nos afecta tanto que no podemos contenerlos (como les gusta esta palabrita a los psicólogos) solas, tampoco es el fin del mundo. Si necesitamos la ayuda del papá, la profesora o incluso otra mamá para contener a nuestros hijos no pasa nada. Lo importante es que el niño reciba el apoyo que necesita en el momento que lo necesita.

Lo que si estaría mal es que esto sea así en TODAS las ocasiones que tu hijo te necesita. O, lo que a veces hago yo, que es mirar para otro lado, salir corriendo del lugar o distraerte solo para no llorar. Eso, es mejor no hacerlo porque ahí sí parece que te desconectaras o que no te importara (cuando el fondo te importa demasiado). A hacer eso, mejor llorar (¡hurra por mí!) ¿A que ya se sienten mejor?
Finalmente, lo que me dijo es que si ya estás en la situación en que tu bebé llora (no importa si tu bebe tiene 15 años) y tu lloras con él/ella, vale que hecha un moco le digas que quieres verlo/a feliz y te pone triste que no sea así. Pero, que tu tristeza no te quita la confianza que él/ella estará bien porque sabes que es un/a trome y valiente y podrá resolver esa situación bien. Reforzarle que confías en sus habilidades para lidiar con la situación.  

En mi caso particular que estaba dejando a mi hijo en el colegio, me dijo que le dijera algo como: “le dices que lloras porque te da pena que él llore, pero que igual te vas a ir y lo vas a dejar porque sabes que él es valiente e inteligente y confías mucho en la miss y en el colegio. Y te vas tranquila”.

Bueno, no sé a uds. Pero a mí que soy una llorona consumada estas palabras me hicieron sentir mucho mejor y me siento tan tranquila, que estoy segura que a la próxima no voy a llorar… y si lloro, pues bueno. Sé que no es el fin del mundo y que igual mi hijo está siendo bien contenido.

miércoles, 2 de marzo de 2016

¿Qué puede ser peor que tu hijo llore el primer día de clases?

¡Qué tú también llores! Y lloren los dos juntos el primer día de clases (dentro del salón).
Más aún si tu hijo en cuestión está ya en primero de primaria, si cuando lloras tu nariz se pone rojísima y tus ojos también y, para rematarla, tu esposo te mira con cara de: Dios mío, ya va a empezar otra vez a llorar la Magdalena.

Esta semana empezaron el colegio muchos niños y niñas del país y entre ellos mis dos hijos mayores. El mayor primero de primaria y la segunda pre-kínder (¿en qué momento crecieron?). A mis hijos les tocó empezar el día de hoy (miércoles) porque para su buena suerte (y la mía también) su apellido empieza con una de las últimas letras del alfabeto y esta primera semana de adaptación van días intercalados.

Desde el lunes hemos estado todos muy emocionados contando los días que faltan para el inicio de clases. Mi hijo mayor que es hipersensible y emocional (leer post: organizando el año de un niño ansioso) la noche del lunes no se durmió hasta las 11:00 p.m. entre que daba vueltas y tenía ataque de verborrea. La segunda estuvo en un plan parecido hasta las 9:30 p.m, felizmente la 3era ni se enteró de lo que pasaba. Así, que ayer para evitar nervios, estreses y malas noches los tuve todo el día haciendo deporte. Les organicé “competijuegos” en el jardín, los bañé a manguerazos y después en la piscina inflable los hice hacer ejercicios de natación y finalmente, en la tarde los llevé a jugar con perros (dicen que los animales tienen un efecto terapéutico y relajante). Así, pues todos se durmieron sin mayor inconveniente antes de las 8:00 p.m.

Sin embargo, mi hijo mayor tenía ya varios días diciéndome que no quería hacer clases de computación. Me pedía que hable con su Miss, que llame al colegio, que le escriba a la directora, que llame al Papa a ver si intercedía por él; porque él no quería hacer clases de computación porque todo le salía mal, siempre se equivocaba y la profesora jamás lo ayudaba. Yo ya lo conozco, y reconocí que las clases de computación se habían convertido en la forma en que él canalizaba toda su ansiedad y temor de pasar a un nuevo grado, con nueva profesora y sin ningún amigo de los años anteriores (léanlo bien, ningún amigo).

Así con todo, llegamos a nuestro primer día de clases (ya saben que yo lo vivo todo con ellos) muy emocionados y contentos. Mi hija la segunda llegó fresca como una lechuga. Ella estaba en una pasarela fashion luciendo su nuevo uniforme y siendo saludada por todas las mamás de los amigos de su hermano mayor. No voy a negar que la sentí un poco nerviosa, pero al entrar a su salón y conocer a su Miss y ver a sus futuras amiguitas se tranquilizó.

Por otro lado, no fue tan fácil con mi hijo mayor. Desde que llegamos no paró de hablar de la clase de computación y lo difícil que eran y cómo no quería tenerlas. Una vez dentro me pidió que hable con su Miss al respecto, como notaba su angustia y aprehensión hablé con ella. Le expliqué que él estaba muy nervioso por la clase de computación y etc. La Miss lo manejó muy bien, se acercó a hablar en un tono muy suave. Pero, mi hijo rompió a llorar… y yo con él.
Mamá llorando mientras abraza fuerte a su hijo
Acá emocionada en un evento del nido. 

Cuando vi la angustia con la que lloraba mi hijo comprendí sus nervios y su miedo de los días previos y… me puse a llorar con él. Felizmente, no fue nada trágico. Pero, si se me escaparon varios lagrimones. Mi esposo se acercó,  yo me contenía para poder contener a mi hijo y felizmente, la profe lo sacó del salón habló con él y regresó más tranquilo.

Esto me dio tiempo de calmarme también y transmitirle seguridad a mi hijo. Me fui tranquila porque sabía que él necesitaba ese llanto, que necesitaba llorar. Las emociones en estos días han sido muy intensas, muy fuertes. El primer día de clases suele ser abrumador y llorar a algunos nos relaja, nos libera e incluso nos da fuerza.


Me siento mal por no haber sido más fuerte. Mi consuelo es que cada año mejoro y seguro que cuando él esté en 5to de media yo ya podré verlo triste sin ponerme a llorar. ¡Sé que lo lograré!